Sobre customs no hay nada escrito

Imagen de portada vía Freshnesmag

Si me preguntan por qué siempre me cuesta dar una razón. ¿Por qué me gusta el mundo de las zapatillas? No lo sé. Sé que es así desde niño, que estrenar calzado me ponía una sonrisilla idiota en la cara toda la semana. Que sobrevivió a la adolescencia y que ahora que soy un protoadulto, aquí sigo.

Como es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, cuando pienso en la gente con la que comparto vicio, siempre llego a la misma conclusión: están (estamos) en esto por la diferenciación. Por el ego. Por llamar la atención y por ser únicos.

Por eso no es de extrañar, en un movimiento en el que la personalización es lo que mueve el mundo, que los custom existan. Es decir, modificaciones del diseño, colores e incluso materiales de modelos ya existentes de zapatillas. Pero, así como con los fakes es un NO rotundo… ¿Dónde está el límite en los custom?

A título personal, lo tengo claro: no me gustan. Pero, por citar otro ejemplo externo al mundo sneaker, tampoco me atraen las modificaciones hechas por carroceros a modelos de automóvil. Será que soy un purista.

En primer lugar, no me gustan porque por norma general me cuesta encontrar un custom que me llame la atención. O mejor dicho: la mayoría me horrorizan. Vale que la primera razón sea subjetiva, pero de ahí que sea la más importante. Para ser diseñador hay que tener experiencia, gusto, ojo, sensibilidad o medios. Disponer de todo eso no es cuestión baladí.

Tampoco me gustan porque en ocasiones se ha utilizado la excusa de “es un custom” para enmascarar falsificaciones. Sin ir más lejos, lo ha hecho Drake cuando le cazaron con unas Jordan V bastante plasticosas (es decir, falsas). Aunque sea hilar muy fino, he ahí otra razón.

En cuanto buceas un poco por el universo Instagram/Facebook y las distintas comunidades relacionadas con el mundo sneaker, te encuentras multitud de customizaciones que imitan ediciones limitadas, colaboraciones exclusivas y todos esos santos griales por los que muchos babean. El grado de profesionalidad de estos custom, en ocasiones, es para quitarse el sombrero. Chapeau. Pero sigue sin gustarme y en esta ocasión con más razón.

Y es que si en parte me encanta el mundo de las zapatillas es por esa dogmática, esas reglas que lo rigen y que no están escritas pero que muchos parecen acatar. Detrás de unas Air Max x Patta está un diseño elegante, claro está, pero también mucho más: un cierto grado de dificultad para obtenerlas, ese punto de suerte para hacerte con ellas, tener los contactos, echarle horas para conseguirlas, saber dónde tocar… Son demasiados factores. Yo no me siento cómodo cogiendo unas Air Max blancas y modificándolas para que se parezcan a ese par que quiero pero que de momento no he podido. Es una tontería. Para muchos será como ese profesor que te decía ‘si copias: te engañas a ti mismo’. En este caso lo veo parecido.

Fuente: Thedistinctlife.com

Pongamos el ejemplo de estas Jordan VI Oreo convertidas en una especie de South Beach. Es impepinable que a nivel técnico el trabajo es de calidad. Pero quitando este hecho de la ecuación, el resultado me parece discutible. Algunos lo verán como un homenaje. Para mí no deja de ser un pirateo de un diseño de unas zapatillas ya existentes. Unas LeBron South Beach son unas LeBron South Beach y unas Jordan VI Oreo unas Oreo. Si quiero las primeras, haré lo posible por conseguirlas y si no puedo, me aguanto. Algunos lo verán como algo original. Para mí no, no entran en mi concepción de esta afición.

Si trazamos una línea que separa lo que está bien y lo que está mal, ¿dónde se sitúan los custom? Pues donde cada uno quiera. Como ya ha quedado claro, un servidor opina que las manualidades para el día de la madre y los marcos de fotos con macarrones. Pero el que quiera hacer de unas Nike un pinta y colorea, bienvenido sea. Las zapatillas, como las opiniones: hay para todos los gustos y sobre gustos no hay nada escrito.