¿Por qué no debes vestir traje con zapatillas?

Cuando estaba en primero de carrera me invitaron a una fiesta en un colegio mayor que marcaba dress code de etiqueta. Aunque allí me plantee impecable (todo lo impecable que puede ir alguien con 18 años y escaso gusto), en un momento dado que pasé por casa cometí el pecado capital. Me quité los zapatos y los cambié por unas zapatillas. ¡Horror! Nadie está libre de culpa…

Vivimos en una época en la que los límites ya no existen. Ya no sabemos dónde empieza la información y donde acaba el espectáculo y lo llaman infotainment. Te sube a tu coche y no sabes si llevas una berlina, un SUV o una nave especial y lo bautizan como crossover. Y como las reglas están para romperlas, ponerte un traje y calzarte unas zapatillas todavía no es un delito tipificado.

El nombre de este espacio es SartorialKicks. Es un juego de palabras entre ‘sartorial’ (según la RAE: perteneciente o relativo al sastre y sus actividades) y ‘kicks’ (zapatillas). Su combinación suena similar a ‘sartorialist’ o ‘sartorialism’ (es decir, sartorialista y sartorialismo, por traducir directamente, aunque no existan) y ahí es donde se establece el juego de palabras. Pese a ello, soy como el dicho popular: juntos, pero no revueltos. Me gustan mucho las galletas y me gusta estar tirado en cama sin hacer nada. Pero no como galletas encima de mi cama porque dormir sobre migas no es agradable. Ver a un pollo con su trajecito y unas zapas, tampoco me resulta agradable.

Todos hemos tenido un pasado. El de algunas super-estrellas es especialmente doloroso.

La democratización de la moda ha tenido cosas muy positivas. La principal es que vestir bien (lo que cada cual entienda como bien) ya no tiene que ser necesariamente caro. Lo menos bueno de este fenómeno es que hemos perdido el foco sobre el auténtico valor de determinadas prendas y sobre su uso.

Respecto a lo primero: para algunos pagar más de 30 € por unos vaqueros, por ejemplo, es impensable. ¿Es mejor pagar 120 € por unos vaqueros que te duran años, o cada seis meses pagar 30 € por unos que acabarán cedidos y con el color comido a los pocos lavados?

Como esto es otro debate, lo dejo aquí y me centro en lo segundo. Porque a donde me dirigía es que, esta democratización ha hecho que todo lo que rodea el concepto del sastre y la moda clásica masculina también pierda, en parte, su esencia. Así, hay una corriente para la cual ponerse traje para una celebración  o una entrevista de trabajo (para una empresa en la que el código de vestimenta sea formal) es un coñazo (sic), pero vestir una americana para ir a la discoteca de turno y posar en el photocall (sic) es lo más. Y por ello más de uno se pone un traje (¡en ocasiones hasta negro!) con unas bambas… y se queda tan ancho.

Si eres de paciencia limitada no hace falta que leas más: no se te ocurra hacer tal cosa. Si quieres saber por qué, intentaré darte mi humilde y personal punto de vista.

En primer lugar: zapatero a tus zapatos. En Fórmula 1 una mala elección de neumáticos hace que todo lo demás se vaya al garete. Por ser más dramático: si vas a la nieve en chancletas, seguramente acabes perdiendo los pies. El tema que aquí nos incumbe es menos serio, pero como metáfora va que ni pintada. Un traje pertenece a un segmento y unas zapatillas a otro. No tienen nada que ver, te pueden gustar ambos pero están mejor separados. Si alguna vez se tienen que tocar que sea en tu armario al almacenarlos. ¿Y por qué? Parafraseando a mi madre ‘porque lo digo yo’. Yo y unos señores que se llaman protocolo o sentido común.

Dos. Estéticamente es horrible. Este es quizás el punto más abierto a debate y, a la vez, el que menos. Porque sobre gustos no está nada escrito, dicen, pero creo firmemente que el gusto se adquiere (como defienden los amantes de la cerveza). Sin nadie que lo guie el gusto se estanca. Si eres de los que apoyas que determinados experimentos son correctos, no seré yo quien lo contradiga. Pero tampoco quien te apoye. Si aceptas un consejo: di no.

El ejemplo funciona en las dos direcciones. Dejando a un lado lo desacertado de algunos elementos de la vestimenta, adaptarse al contexto es esencial. Si no, nos podemos caer, literalmente, con todo el equipo.

Creo en las tradiciones y en que lo que vestimos habla sobre nosotros. Más allá del textil, creo que la moda clásica masculina es la parte visible de todo un conjunto que engloba desde una serie de valores, unos principios y una forma de entender la vida, la sociedad y la manera en que nos relacionamos con las personas que nos rodean.

Reproduzco aquí un ejemplo que una vez leí y me parece sumamente gráfico: es la boda de tu mejor amigo y odias vestir de etiqueta. Es más, crees que es una forma de alineación y que usando una corbata estás traicionando tus principios. Tienes dos opciones, enfundarte en un traje con más o menos ganas y mayor o menor acierto e ir acorde a la situación. O vestirte como a ti te apetece y sentir que estás siendo fiel a tus principios.

Ser leal a uno mismo y estar a gusto en nuestros propios zapatos (metafóricos, en este caso) es esencial. Pero pese a que vivimos en una época personalista, no debemos olvidar que la empatía hacia los demás es la que nos permite ser, todavía, una sociedad en armonía. Pero es que, además, en este caso en concreto vestir (en este caso, de etiqueta) supone lanzar un mensaje. A tu amigo le estarás diciendo “sé que para ti es el día más especial de tu vida. Por lo tanto para mí también lo es”. El sentimiento va por dentro, pero la forma de comunicarlo es respetando el código de vestimenta.

Los principios de la moda, y en este caso de la elegancia, ahora son simplemente estéticos, pero surgieron en base a una utilidad real. Es decir, el troquelado en un zapato Oxford ahora es 100 % estética, pero en su momento fue 100 % utilidad.  La mayoría de principios protocolarios que aplicamos a la hora de vestir formal tienen una razón de ser. Introducir calzado sport en un ambiente formal, no.