¿Por qué me gustan las zapatillas?

Es una pregunta que he escuchado innumerables veces. Algunas hechas por terceros, cuando se enteran que una de mis aficiones son las zapatillas. Pero todavía más veces formulada por mí mismo. Especialmente, cada vez que me gasto una cantidad que no debería en este mundo. O que abro un armario y encuentro alguna caja que había olvidado tener. O que viajo a algún país y malgasto unas horas más que valiosas para conocer alguna tienda nueva (que, además y en la mayoría de los casos, suele aportar muy poco la visita, más allá de un nuevo sello en el pasaporte zapatillil).

Pero la respuesta nunca es la misma.

En primer lugar, despejemos de la ecuación lo subjetivo; lo superficial. Y es que las zapatillas son, posiblemente, la máxima sublimación estética de todo cuanto elemento textil disponible actualmente. O lo que es lo mismo: puedes coleccionar mochilas, ser un fan de los bolsos, estar dentrísimo de las chaquetas de Gore-Tex… No me importa. En un one-vs-one, no hay nada dentro de la moda que supere la capacidad evocadora y estética de un buen par de zapatillas. La combinación de colores, patrones, materiales, diseños, formas… son infinitas. Nada rompe más cuellos, nada es más hipnótico que el calzado deportivo.

Es algo, además, que es casi único y diferencial de las zapatillas. No sucede así con el zapato que, en mi caso concreto, menos es más. En las zapatillas no: más es más. Incluso cuando hablamos de modelos minimalistas, esa esencia de maximalismo actúa como una especie de agujero negro de atención. La pureza y simpleza me lleva a enamorarme de una zapatilla, más por lo que representa que por lo que falta.

Pero hasta aquí, sólo se trata de razonamientos subjetivos.

Hay algo que me resulta fascinante de las zapatillas (y que creo es una idea heredada, de alguna forma, del incomparable sz9) que es el hecho de que las zapatillas son una puerta a mucho más. Para todos los que, de una u otra forma, crecimos en una amalgama de referencias audiovisuales, musicales, hipertextuales y en formato comic, las zapatillas son el punto conectar que une todos estos universos, aparentemente

Las zapatillas son, por tanto, continente y contenido. Son un libro abierto para todo aquel que esté dispuesto a saber más, y un galimatías incomprensible para aquel que no quiera conocer. Y el que crea que una zapatilla es solo una prenda, y no una historia esperando a ser contada, que no cuente con mi apoyo.

Esto me lleva a la siguiente reflexión. Las zapatillas tienen un componente de exclusividad. De vicio oculto, limitado. De una especie de saludo secreto entre miembros de una logia. Sólo que, en lugar de considerarnos a nosotros mismos una suerte de rotarios, somos unos frikis que conectamos emocionalmente con alguien sin necesidad de conocer a dicha persona; sólo por el calzado que lleva damos por hecho que ese alguien mola, o puede molar.

Pero que esto no nos haga olvidarnos del aspecto tribal de las zapatillas. Hay, consecuencia de esa intimidad individual, un ámbito social en las mismas. Las zapatillas son un elemento identificador, ya bien sea de movimientos culturales más profundos o simples grupúsculos humanos con mayor o menor solidez en cuanto a su profundidad. Pero, independientemente del caso en el que estemos hablando, nada a unido más al ser humano a nivel identificativo que unas zapatillas.

Hay también otro concepto. Y es que las zapatillas son infinitas. Hay tantas marcas como potencias mundiales, tantas siluetas como usos se le pueden dar, tantos colorways y versiones como gustos. Hay, podríamos decir, una zapatilla para cada uno. ¿Cómo no nos van a gustar las zapatillas si, ahí fuera, hay una zapatilla esperándome, a mí y sólo a mí?

Pero los grandes amores son también la antesala de grandes decepciones, dolorosas traiciones y aún más dolorosos (por melancólicos) desamores. Es por eso que, del mismo modo que empezaba preguntándome por qué me gustan las zapatillas, creo que -una vez desgranadas- son las mismas razones por las que, a veces, también odio este mundo. Y es que nadie dijo que existiesen los amores perfectos.