El precio de las zapatillas

A veces lees en Internet, o incluso te preguntan amigos –aquellos que los tengan, esa frase que el emisor suelta con tanta facilidad como ganas de estrangular le pueden llegar a entrar al receptor. ¿Pagarías tantos rublos/yenes/pesos/escudos portugueses/euros por estas/esas/aquellas zapatillas?

En realidad es como cuando alguien pregunta gasolina o diésel. El ser humano hace preguntas por dos necesidades: A) ser escuchado y B) reafirmarse. Y el ser humano no asesta golpes en la cabeza con palos de golf (NdA: si no tienes un juego de palos de golf no eres digno lector de esta bitácora) porque a su vez tenemos la necesidad de no pasar en la cárcel más tiempo del debido (léase lo que puede tardar tu abogado desde que le llamas tras una noche loca hasta que te saca del calabozo).

Algo vale lo que un vendedor pide y un comprador está dispuesto a pagar. Punto. Y siento (en realidad, no) romper la musicalidad de mi prosa bendecida por los dioses con una realidad agria de escuchar, pero desde un punto de vista crítico, es ridículo cuestionarse precios cuando hablamos de un pasatiempo que se sitúa unos metros por encima de la cúspide superior de la pirámide de la autorealización. Aquí los espolones son cámaras de aire y el que quiera ser el gallo de este corral, que rasque la cartera.

Dicho lo cual y como el escribir te sitúa por encima del bien y del mal, he aquí mis premisas a la hora de gastarme mis ganancias en este buen vicio del calzado

A) ¿Qué mundo loco es ese en que pagamos más por modelos retro que por tecnología actual? Es más, qué mundo pervertido estamos conformando que pagamos más (a todos los niveles, absolutos, actualizando IPC y demás contabilidad creativa) por el mismo modelo ahora mismo que en su lanzamiento, pero con peores calidades hoy en día.

B) Mejor cargar con la culpa que llorar por las esquinas (los hombres no lloran). Pues eso. Esto no es una bicicleta elíptica ni una moto comprada tras la crisis de los 40. Seguro que tienes algún armario. Cómprate ese par, póntelo un idem de veces y escóndelo cuando deje de gustarte. Será mejor que lamentarte siempre que veas un Tumblr o un Instagram por la compra no hecha. Ya sabes lo que dicen: en la vida sólo hay tres cosas sin solución: la palabra dicha, la piedra lanzada y el PayPal a 0.

C) Los buenos tiempos no volverán. Es decir, Patta’s y Atmo’s ya no. Ahora, con la cantidad de colaboraciones que salen cada día (la próxima será Asics x Frutas Nieves), tus posibilidades de recuperar el dinero invertido decrecen en sentido inversamente contrario al que suben los pin roll en una concentración de swaggers.

D) El dinero del pobre va dos veces a la plaza. Esto lo oigo mucho y normalmente de gente poco recomendable (no te fies de nadie que utilice refranes) pero tiene su parte de verdad. En mi caso, las compras que he hecho impulsadas por el precio (es decir, un modelo que para ser tan barato no es feo) me han salido ranas. Puede ser un buen mantra si estás en la discoteca a las 5 A.M. Pero no para comprar sneakers.

Pero el objetivo de todo esto era responder ¿Cuánto vale una zapatilla? Vale, ni más ni menos, que el precio que tenga el punto de encuentro entre la dignidad y la tranquilidad. Allá el que quiera gastarse 170 euros en una zapatilla sin inversión en I+D alguna. Allá el que quiera volcar el valor añadido en añadir un simple “X Nombre de tienda”. Yo lo he hecho más de una y más de dos veces y lo volveré a hacer más pronto que tarde. Porque mi abuela siempre me insto a que me vistiese por los pies y me inculcó que hablar de dinero suele estar feo.